¡No me abandones ahora!

La nieve se acumulaba sobre su agotado cuerpo y supo que no había nada por hacer. Cada centímetro de su ser se agitaba temblando desesperado y rebelde ante la muerte. Su rostro arrugado y curtido, oscuro y morado, goteaba mocos y lágrimas. Se aferró a su poncho de lona encerado… “¡Si habré aguantao temporales!” su cabeza le gritaba.

En su pantalón la sangre ya no chorreaba pero el dolor seguía ahí, recordándole que estaba vivo, torturándolo; intentando llevarse esta vida antes que el frío.

Ardía y picaba en su corazón la tristeza que era imposible de contener y desbordaba por sus ojos oscuros y arrugados.

Encomendó a la Virgencita a su mujer y su recién nacido. Que nunca les falte un chulengo para comer y una piel para vestir. Un amor para abrazar. Un rancho donde dormir. Un cielo que mirar. Una raza que honrar. Un cerro que caminar.

Y quebrado, dio un grito agónico que supo final, con lo último de sus pulmones… ¡Zaino, no me abandones! Y el soplido escarchado de la montaña arrancó su vida con tanta facilidad como se llevó también el vapor de su aliento.

De a poco fue aclarando y para la noche el cielo tenía una estrella más, que temblaba aún del frío.

Zenón Martínez Hijo nació sin su padre, pero lo tendría siempre en el viento y la nieve. La naturaleza que solo su anko se animó a enfrentar por ir a verlo sería la que lo obligue a recordarlo.

Raúl J. Ferrer Justo6847445982_483df98a99_z

(Inspirado por: H. Gimenez Agüero: “No me abandones ahora”)

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